Últimamente hemos escuchado y leído con demasiada frecuencia la palabra “fascista” utilizada como insulto, dirigida tanto a la oposición (creo que la he escuchado más que todo en esta dirección) como al gobierno. Aún cuando mucha gente puede identificar por similitud fonética a la palabra “fascista” con la palabra “racista”, atribuyendo a la anterior el significado de ésta; o aún cuando algunos, un poco más instruidos (aunque no lo suficiente) puede utilizarla como sinónimo de la palabra “derechista” (caso de Heinz Dieterich, entusiasta del término), creo que sería interesante hacer una revisión de este ruido blanco que se oye en todos los discursos últimamente, a ver si algún bando político de la Venezuela actual tiene razón al calificar de fascista al otro, o todo esto no es más que brutalidad posmoderna.
Para más o menos entender qué es lo que significa el concepto de Fascismo, revisé varios diccionarios de ciencia política; algunas referencias se encontrarán al final de este post, por si a alguien le interesa verlo por si mismo.
Lo primero que hay que decir, de entrada, es que en el siglo XXI no se puede acusar a nadie de fascista y tener razón a menos que se trate de un sobreviviente centenario de la Segunda Guerra Mundial. La mayoría de los teóricos definen al Fascismo como un fenómeno perfectamente circunscrito en sus orígenes a la Italia de entreguerras, que existió mientras duró el régimen de Mussolini. Otros autores, sin embargo, dicen que el Fascismo se circunscribe al mencionado período histórico, pero que no ocurrió sólo en Italia, sino en varios países de Europa, en los casos aislados en que las clases conservadoras aristocráticas y de grandes terratenientes (los “derechistas” a partir de la Revolución Francesa) lograron detener la penetración, en sus respectivos países, de los ideales “de izquierda”, es decir, los ideales burgueses. Lo que ocurre entonces es que los conservadores que logran triunfar ante las revoluciones burguesas se hacen de las herramientas para mantener la estructura de clases intacta. Para esto, se ven obligados a sustituir a la economía agraria que les caracterizaba por la más eficiente economía industrial. De esta manera, los proto-fascistas utilizan todo su poder político para detener la llegada del liberalismo y la democracia (que implicarían la progresiva igualación de la sociedad en sus derechos), pero no dejan de aprovechar los beneficios de una industrialización con ausencia de mercados (porque libertad de mercados significaría pérdida de control directo sobre la economía) para mantenerse en una posición privilegiada.
Así surgen, en toda Europa, los primeros fascismos: son, por definición, una forma de ejercer el poder político en la que una pequeña minoría monopoliza las poquísimas industrias que puedan existir en un país donde la industrialización apenas comienza. Claro que, en una situación en la que el Estado omnipotente domina todas las industrias que existen, el éxito de esas industrias y por lo tanto del Estado pasa por eliminar la libre fluctuación de los mercados, haciéndose indispensable controlar todos los comportamientos de consumo por medio de políticas de Estado. Por medio de la disciplina y la ideología. Los regímenes fascistas suelen ser, históricamente, anticapitalistas y anticomunistas, dado que ambas formas de gobierno implican una excesiva participación del pueblo que implica pérdida de poder para cualquier élite.
De esta manera, la mayoría de los teóricos coinciden en que los regímenes fascistas han tenido en común características como la presencia de gobiernos autoritarios o totalitarismos, exaltación nacionalista del Estado, eliminación del mercado en beneficio de la planificación industrial, monopolización de parlamentos y medios de comunicación de masas, instauración de esquemas de disciplina social, entre otros elementos entre lo que podemos mencionar el uso de uniformes y colores fijos, y una ideología vacilante con rechazo del capitalismo tanto como del socialismo, y con una mezcla de consignas conservadoras y revolucionarias.
Otra cosa que es interesante ver es que la mayoría de los regímenes fascistas, en su carácter autoritario, tienden a alimentar su poder en el carácter patológico de una relación sado-masoquista de dependencia de la sociedad respecto del líder máximo, como símbolo de una forma de agrupación en la que se disuelven voluntariamente las individualidades en lo que Fromm llama la “huida de la libertad”: un momento de las sociedades en que los individuos se sienten débiles y atemorizados por la inestabilidad de los sistemas liberales; esta sensación de pequeñez y de miedo, lleva a los individuos a someterse a una voluntad grupal superior que los hace sentirse fuertes a través de la figura del líder. Si lo pensamos, este es un comportamiento que vemos reproducido en formaciones grupales como las sectas religiosas o los grupos de apoyo. También sabemos cómo suelen mantenerse vivos estos grupos: una de las funciones primordiales del “máximo líder” suele ser mantener fuerte el miedo a la libertad que hace a los individuos recurrir a la figura de la autoridad. Por eso, los predicadores a veces hablan del demonio un poco más de la cuenta, y algunos políticos hablan tanto de eternos enemigos muchas veces ficcionales (”terroristas” para Bush, “Eurasia” en Orwell, o “Bush” para Chávez…) Los líderes totalitarios nutren el miedo de los individuos para mantenerlos unidos bajo su autoridad.
Luego de esta exploración acerca del Fascismo, repetimos: no puede acusarse de fascista a nadie en el siglo XXI. Mucho menos en Venezuela, donde hace años que llegó la industrialización, la libertad, la República. En particular, es ilógico acusar de fascista a la oposición venezolana, dado que el Fascismo es una forma de ejercico del poder político, y la oposición no es una facción ni un partido que tenga cuota alguna de poder político en la actualidad. Sin embargo, si revisamos nuevamente las características estructurales del fascismo, se nos presentan varias coincidencias con la situación actual venezolana:
- La llamada “revolución” de Chávez, hace varios años que se pintó de rojo absoluto.
- El Gobierno venezolano suele sostener tensas relaciones internacionales con muchos otros países alternativamente. El discurso presidencial tiende a alimentar el odio por enemigos políticos cambiantes, nacionales (”los oligarcas”, Globovisión, la “oposición golpista”) o internacionales (Bush, Uribe, el rey de España, Aznar, Vicente Fox, y un largo etcétera). Enemigos nunca faltan.
- El parlamento venezolano, que es la Asamblea Nacional, está monopolizada por una representación simpatizante del poder ejecutivo. Lo mismo sucede con la supeditación al gobierno del poder judicial.
- El discurso ideológico del Estado se decanta por un intenso anti-capitalismo. Por otra parte, aunque el estado propone el socialismo como paradigma económico ideal, vemos en la actuación capitalista y monopolista del Estado la manifestación de una política anti-socialista en lo práctico.
- Un lema fundamental del régimen fascista era: “Todo dentro del Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado”. Uno de los lemas difundidos por el chavismo últimamente es “con Chávez todo, sin Chávez nada”. ¿Cualquier semejanza es pura casualidad?
- La coincidencia más grave de todas se da en el plano de lo político-económico. El gobierno actual ha hecho y sigue haciendo poderosos esfuerzos por imponer su voluntad política al mercado nacional: el Estado utiliza el poder político para imponer regulaciones a las tarifas telefónicas, y por otra parte, compra la principal compañía de telecomunicaciones del país y actúa como un capitalista desleal, compitiendo fuertemente con las empresas privadas del rubro en tarifas y saturación del mercado. El Estado impone políticamente regulaciones a los precios de los productos de la cesta básica, y cuando la producción se ve mermada, utiliza el capital petrolero para importar los mismos productos y venderlos a precios imposibles de competir para la empresa privada. El Estado niega la concesión a un canal de televisión privado haciendo uso de su potestad sobre el espectro radioeléctrico, y luego utiliza el capital petrolero para sustituirlo por un canal ideológicamente entregado a sus prerrogativas. Lo que esto significa es que el Estado venezolano, que pretende ser socialista, actúa como un estado anti-socialista; implanta un “capitalismo de Estado” en el que se viola la condición principal del socialismo marxista, que es el fin de la explotación del hombre por el hombre, condición inherente al capitalismo. El capitalismo de Estado, además, funda en el inmenso capital petrolero una evidente política de planificación industrial que sustituye al mercado como regulador de la oferta y la demanda.
- El Estado venezolano fomenta una sociedad disciplinaria, a través de actividades institucionales como la formación premilitar en la educación secundaria, la creación y el mantenimiento de una universidad militar donde se imparte educación e ideología militarista; la exaltación nacionalista de líderes militares históricos y la sustitución con sus nombres de los de personajes históricos civiles en los topónimos o nombres de lugares públicos; incluso podemos mencionar el establecimiento de la “ley resorte” como mecanismo para disciplinar la comunicación de masas, el fomento de gigantescas colas para comprar productos en los Mercales o para cobrar las misiones y las grandes movilizaciones de apoyo a cuanta cosa hace el máximo líder: todos estos elementos constituyen la institución de mecanismos disciplinarios en la sociedad civil.
Entonces: un Estado nacionalista y todopoderoso gracias a la renta petrolera, personificado en la figura de un máximo líder, anticapitalista en discurso y anticomunista en práctica; un Estado que utiliza su monopolio sobre la única industria realmente eficiente del país para destruir a todas las demás industrias nacionales; un Estado que lo tiñe todo de color rojo, que alimenta las tensiones internacionales para mantener a su pueblo sometido por el miedo, que fomenta la disciplina en todos los espacios y que manipula los poderes públicos. La única objeción que encontramos para calificar al gobierno actual como fascista, es que sencillamente no apareció a inicios del siglo XX antes del desarrollo y difusión de la industrialización. El gobierno venezolano apareció con la industrialización en marcha; sin embargo, está encontrando la manera de debilitarla a su mínima expresión, monopolizando lo poco de industria que funciona.
Así las cosas, en rigor a la definición de Fascismo, no podemos calificar tampoco al gobierno venezolano actual de fascista. Lo que sí podemos es distinguir todas las características del fascismo, a excepción del momento histórico, en este gobierno. Lo que se suele hacer en estos casos, es acuñar el prefijo “Neo” al concepto. El gobierno venezolano actual sería, entonces, neofascista.
El Fondo de Cultura Económica acaba de publicar un libro en el que se argumenta el carácter eminentemente fascista de Juan Domingo Perón, el presidente argentino, y sus estrechas filiaciones con el fascismo italiano y sus manifestaciones en la Argentina. No lo he leído, porque acaba de salir y no he tenido dinero para comprarlo; sin embargo, de ser cierto, cobra un nuevo sentido el eminente orgullo que el presidente Chávez ha manifestado sentir en sus varias visitas a la Argentina, cuando en sus apariciones públicas la multitud le ha aclamado con la frase “¡Chávez, Perón, un solo corazón!“. Corazón fascista.
Referencias:
Fromm, Erich. El miedo a la libertad. (citado en Gorlitz).
Gorlitz, Axel. Diccionario de Ciencia Política. Alianza Editorial, 1980.
Ossorio, Manuel. Diccionario de ciencias jurídicas, políticas y sociales. Heliastra, 1981.
Serra Rojas, Andrés. Diccionario de Ciencia Política. FCE, México, 1998.